Bienestar consciente

¿QUIEN TIENE HAMBRE AHÍ? (parte I)

Comer es un acto que tenemos que realizar entre tres y cinco veces al día para sobrevivir y por muchas diferentes razones, casi siempre realizamos de modo automático y con cierta rapidez, a no ser que tengamos una comida de trabajo, donde lo que menos importa es la comida.
Y en muchos casos este automatismo nos lleva a comer sin saber ni qué ni por qué comemos, sin embargo, si prestamos atención al acto en si, podemos descubrir que comer es uno de los actos más enriquecedores y sensuales que realizamos al día, aunque sea una simple ensalada.
Mi querida maestra y amiga, Jan Chozen Bays, gran profesional de Alimentación Consciente, describe en su libro COMER ATENTOS el hambre en 9 tipos. Si habéis leído bien. Tenemos 9 tipos de hambre y estos son: hambre visual, hambre olfativa, hambre bucal, hambre auditiva, hambre estomacal, hambre táctil, hambre celular, hambre mental y hambre de corazón.
El hambre visual, es ese hambre que aparece cuando ya hemos terminado de comer y estamos bien, relativamente llenas, y aparece el carrito de los postres, y ¡¡¡tachán!!! Hay una maravillosa tarta de zanahoria con su frost mirándome cara a cara y diciéndome “cómeme” “cómeme”. O cuando por ejemplo llegamos a un restaurante y mientras estamos decidiendo qué pedir, pasa un delicioso plato por delante con una melanzzane gratinada humeante recién salida del horno. A lo mejor en ese momento nuestro hambre celular es normal, sin embargo se nos antoja ese plato por los ojos.
Ya conocéis esa famosa frase de las madres “es que mi hijo come por los ojos”. Y muchas veces decidimos la cantidad que vamos a comer por los ojos. Miramos al plato que esté razonablemente lleno y ¡voila!. Pues bien, ese es el hambre visual.
Y la vista ¿de que más se alimenta además de comida?. Pues bien, la vista se alimenta de belleza. Lo que la atrae es la belleza, la armonía, los colores, la variedad, las diferentes texturas, etc. Prepararnos la comida bonita en el plato, alimenta nuestra vista. Ponernos una mesa bonita, con mantel, una vajilla bonita, e incluso alguna flor o vela, como si fuese a venir un invitado a comer, nos alimenta la vista. Y nos predispone a comer de otra manera. Pero voy más allá de la comida. Pararnos a contemplar un árbol o el las hojas en otoño alimentan nuestra vista. Nos calma, nos trae armonía al cuerpo y además de alimentar nuestra vista, alimentamos también nuestro corazón.
Después está el hambre olfativa. El olor nos evoca sensaciones que van mucho más allá de la comida. ¿Cuántas veces vamos a comer a casa de nuestra madre y ya podemos oler las hoyas desde el ascensor? ¿Olemos comida u olemos hogar? O ¿cómo identificamos los olores de la canela y galletas de jengibre cuando se va acercando la Navidad? . La nariz es un elemento clave para ensalzar la comida. Y bien lo podemos comprobar cuando estamos resfriadas o con gripe. La comida apenas nos sabe a nada, por lo que llegamos mucho antes al aburrimiento. El olor es el preámbulo necesario para el sabor o el gusto. Sin olor, se pierden las sutilezas del sabor y la comida se convierte en algo que hay que consumir porque el cuerpo necesita combustible. Y esto lo sabe la industria alimentaria, y bien se encargan de potenciar ciertos olores que saben que nos animarán a comer más.
Por lo cual, si en cada bocado nos paramos a apreciar todos los matices diferentes de la comida, apreciando, las especies, las hierbas, el contraste de los olores, nos ayuda una vez más a alimentar nuestro olfato, a ensalzar bocado a bocado la comida deliciosa que tenemos delante y, como no, de alguna forma, acabaremos también alimentando nuestra alma.
Y ahora pasaremos hablar del hambre bucal. Una de las hambres más demandantes, por decirlo de alguna manera. Es el deseo de la boca de sensaciones placenteras. Y estas varían dependiendo de la persona y del entorno, tradiciones culturales, condicionamiento, etc.
Mindful EatingPero hay algo que caracteriza a la boca en concreto que es el principal foco de placer. En la boca se encuentran las cinco diferentes papilas gustativas. El dulce, salado, ácido, amargo y el umami, un sabor que se identifica con lo proteico o aminoácidos. Cinco estímulos diferentes que cuando entra algo de comida o bebida en la boca se ponen todos en marcha. Yo lo identifico como un grupo de música. Todos tocan sus piezas y todos complementa y acaban componiendo una melodía única y muy placentera si estamos conectados a ella. La batería, el bajo, la guitarra, los teclados y la voz. Todos componiendo al unísono un momento que puede ser realmente placentero. Pero la mayoría de las veces, cuando estamos comiendo, estamos más conectados a lo que vamos a poner en el siguiente tenedor que lo que está pasando en la boca. Es decir al hambre visual, que al bucal. Por lo cual nos perdemos la esencia de la melodía. Lo más importante.
Por otro lado, como la boca está muy acostumbrada al estímulo, cuando no lo tiene se aburre pronto y está siempre buscando algo nuevo. Es decir, si por la boca fuese, no pararíamos nunca de comer pasando de un sabor a otro que la mantuviera entretenida.
Si queremos sentirnos satisfechos al comer, la mente ha de ser consciente de lo que sucede en la boca. En otras palabras, si quieres disfrutar de una fiesta en la boca, debes de invitar la mente al banquete. Traer la conciencia. Estar conectada. Y estar atenta pues la boca siempre pide una segunda ración. Y una tercera. Y una cuarta, sobre todo si los sabores son cambiantes.
La clave para satisfacer el hambre de boca está en estar presentes en la fiesta que hay en ella. Esto significa situar al concentración de la mente en la boca y abrir la conciencia a todas las texturas, movimientos, olores, sonidos y sensaciones gustativas al comer y beber. En definitiva, comer con consciencia y curiosidad.
mindful eating
Y por último en esta entrega, vamos a hablar del hambre estomacal. ¿Qué señales emite el estómago cuando tiene hambre? Hay gente que dice que el estómago habla, que gruñe, otras que hay una sensación de vacío, como un agujero que necesita ser rellenado. Otra experimentan opresión. Y casi todos coinciden en que se trata de sensaciones poco agradables. Y esto está bien, pues si no recibiéramos señales de que tenemos hambre, podemos morir. La historia aquí es que el estómago no nos da ese tipo de señales. El estómago da señales de plenitud (estar lleno) o vacío. Que no necesariamente tienen que ver con el hambre celular. Ese hambre que sentimos si hemos desayunado a las siete de la mañana y son las cuatro de la tarde y todavía no hemos probado bocado.
La idea de que el estómago nos avisa de cuando tenemos que alimentarlo no es correcta. En realidad, somos nosotros los que le decimos al estómago cuándo tener hambre. Y esto se produce a través de nuestros hábitos alimentarios. Cuando comemos tres comidas al día siguiendo horarios regulares, el estómago se condiciona a esperar comida en esos momentos. Prueba de ello son esas personas que hacen ayunos más de tres días. Está comprobado que ahí, los retortijones y gruñidos estomacales desaparecen. Lo que es mucho más importante y fundamental es que aprendamos a sentir el hambre celular o corporal. Ese hambre que nos indica que estamos bajos de azúcares, minerales y nutrientes y que a nuestro cuerpo se le está acabando la batería o gasolina para poder realizar la siguiente tarea. Por ello es muy importante una vez más estar conectados con las señales de hambre de todo el cuerpo, no solo las del estómago.
Si al estómago lo llenamos de palomitas y una bebida de cola en el cine, se sentirá lleno, pleno. Sin embargo nuestro cuerpo seguirá echando en falta minerales y nutrientes para poder realizar la siguiente tarea y de ahí viene muchas veces el nos sentirnos con fuerzas o demasiado cansados.
MindfulnessY por otro lado, es conveniente distinguir entre el hambre estomacal y el hambre emocional, pues ambos suelen tener los mismos síntomas físicos en el cuerpo. La ansiedad y preocupación, en muchos casos se manifiestan físicamente en el estómago. Si no estamos bien conectadas con lo que nos está pasando, podemos confundirlo y esto nos llevará a comer sin necesitarlo realmente. Y de ahí puede surgir la culpa y la vergüenza por haber comido en exceso, con la única intención de aliviar un malestar creyendo que la solución está en el estómago.
Para ello, lo mejor sería sentarnos y ocuparnos de nosotros mismo de manera adecuada. Trabajando con la ansiedad desde su lugar de origen. Agradeciendo al estómago las señales que nos envía de que algo no va bien, pero ocupándose del problema en su lugar de origen.
Por todo esto, lo más importante siempre es estar consciente, presentes y conectados con nuestro cuerpo, pues desde ahí, se vivirá con mucha más riqueza e intensidad todo lo que hagamos.
En la próxima entrega hablamos del hambre celular, mental y sobre todo, el hambre de corazón, que es el principal motivo de la gran hambruna de este nuestro primer mundo.

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